Dante Alighieri le canta a María

Mis plegarias Te dirijo...
Ahora éste, que de la ínfima laguna
Del universo, ha visto paso a paso
Las formas de vivir espirituales,

Solicita, por gracia, tal virtud,
Que pueda con los ojos elevarse,
Más alto a la divina salvación.

Y yo que nunca ver he deseado
Más de lo que a Él deseo, mis plegarias
Te dirijo, y te pido que te basten,

Para que tú le quites cualquier nube
De su mortalidad con tus plegarias,
Tal que el sumo placer se le descubra.

También reina, te pido, tú que puedes
Lo que deseas, que conserves sanos,
Sus impulsos, después de lo que ha visto.


Dante Alighieri: La Divina Comedia
Visión del Paraíso: Canto XXXIII

María, una visión de Juan Pablo II

A los ojos de los discípulos, congregados después de la Ascensión, el título
de Madre de Jesús adquiere todo su significado. María es para ellos una
persona única en su género: recibió la gracia singular de engendrar al
Salvador de la humanidad, vivió mucho tiempo junto a él, y en el Calvario el
Crucificado le pidió que ejerciera una nueva maternidad con respecto a su
discípulo predilecto y, por medio de él, con relación a toda la Iglesia.

Para quienes creen en Jesús y lo siguen, Madre de Jesús es un título de
honor y veneración, y lo seguirá siendo siempre en la vida y en la fe de la
Iglesia. De modo particular, con este título los cristianos quieren afirmar
que nadie puede referirse al origen de Jesús, sin reconocer el papel de la
mujer que lo engendró en el Espíritu según la naturaleza humana. Su función
materna afecta también al nacimiento y al desarrollo de la Iglesia. Los
fieles, recordando el lugar que ocupa María en la vida de Jesús, descubren
todos los días su presencia eficaz también en su propio itinerario
espiritual.


SS. Juan Pablo II
Catequesis del 13 de septiembre de 1995

San Juan: El águila y su madre María

Cuando reflexionamos sobre la vida de San Juan, nos percatamos de los
privilegios fantásticos que recibió y que lo llevaron a convertirse en ese
"águila" que la Tradición ve en él. Juan fue primero discípulo de Juan
Bautista, luego discípulo de Jesús durante 3 años y después pasó unos veinte
años solo con la Virgen María, la que le ayudó a madurar ese Evangelio
sorprendente de clarividencia y de precisión que va enseguida a enseñar
oralmente durante cuarenta años, antes de recibir la gran revelación del
Apocalipsis que le dará una visión todavía más aguda del misterio de Cristo
a través de la meditación del misterio de la Encarnación, sobre el que Juan
medita durante largos años con la Virgen María.

El Papa Juan Pablo II insistió sobre ese momento importante en el que Jesús
va a confiar a su Madre el discípulo que amaba y en quien cada discípulo de
Cristo es invitado a reconocerse. «El nombre del discípulo era Juan. Es
precisamente él, Juan, hijo de Zebedeo, apóstol y evangelista, quien escuchó
las palabras de Cristo en la Cruz: «He aquí a tu madre». Antes Jesús le ha
dicho a su Madre: «Mujer, he aquí a tu Hijo». Este será un testamento
admirable.

Al separarse de este mundo, Cristo le da a su Madre un hombre que sería para
ella como un hijo: Juan. Él se lo confía. Y a raíz de ese don, de esa
entrega, María se convierte en la madre de Juan. La madre de Dios pasa a ser
la madre del hombre.

A partir de ese momento, Juan la toma consigo y se convierte en el guardián
de la Madre de su Maestro; es en efecto, para los hijos un derecho y un
deber tomar a cargo el cuidado de su madre; pero Juan es ante todo, por
voluntad de Jesús, el hijo de la Madre de Dios. Y a través de Juan, todo
hombre se convierte en hijo de ella.»


Jean-Paul II
Homilía de la messe du 13 mai 1982 à Fatima