una parálisis que no me permitía moverme: todo cambio de posición me hacía
dar gritos de dolor, sobre todo durante las horas del sueño.
Una noche, mi padre no soportó más, se levanto resuelto; sin decir una
palabra, bajó a la caballeriza, tomó su yegua Rojilla y salió de casa. Todos
estaban sorprendidos. Según lo que mi padre le contó a mi madre y que ella
me diría varias veces, ese día él se dirigió al santuario de la Virgen en el
norte de la Provincia. Llamó al presbiterio, pidió las llaves del santuario
y una linterna y descalzo se dirigió hasta el santuario de la Virgen situado
a un kilómetro. Una vez presentada su promesa y solicitud regresó al
presbiterio y tras haberle dado las gracias al párroco tomó el camino hacia
casa, montado en su caballo.
Eran más o menos las 7 de la mañana cuando entró directamente a ver a su
hijo, y al verme de pie junto a la pared estalló en llanto. ¡Yo había
sanado! Todo el mundo se levantó y la paz volvió a la casa. Este
acontecimiento ha sido para mí de una importancia muy grande. La Santa
Virgen continúa protegiéndome en mis dudas y en los momentos más difíciles
de mi vida.
Compendio mariano de los hermanos maristas - 1986