Entonces, apareció un hombre imponente. Su rostro era tan luminoso que no se le podía ver de frente. Me llamó por mi nombre y me dijo: - No es con golpes sino con la mansedumbre y la caridad que vas a hacer de ellos tus amigos. Comienza a hablarles de la fealdad del pecado y del valor de la virtud. Intimidado, temeroso, le respondí que yo no era más que un pobre niño ignorante. Los chicos dejaron de pelearse y de gritar, se agruparon en torno a Él.
¿Quién es usted para ordenarme estas cosas imposibles? Justamente, porque te parecen imposibles debes hacerlas posibles, obedeciendo y adquiriendo sabiduría. ¿Cómo puedo adquirir sabiduría?
Te daré una institutriz. Con su ayuda podrás llegar a ser sabio.
¿Pero, quién es Usted? Yo soy el Hijo de esa Mujer a quien tu madre te ha enseñado a rezarle tres veces al día. Mi nombre pregúntaselo a mi Madre.
Don Bosco
Recuerdos Autobiográficos